Veintitrés de febrero


Tengo un golpe de estado metido en la cabeza,
un bigote,
un tricornio,
y un subfusil que dispara.

Tengo un golpe de estado metido en la cabeza,
un veintitrés de febrero,
un dieciocho de julio,
dos onces de septiembre y cuarenta días de mayo.

Tengo,
metido en la cabeza,
una cuneta,
dos eses,
tres cruces,
cuatro jinetes,
cinco flechas,
seis…
seis…
seis…
siete plagas.

Tengo un crucifijo y una esvástica,
un brazo levantado,
un ángel caído
y uno de pié
en cada esquina de la cama.

Tengo metido en la cabeza
la tiza que rozó la oreja,
el cero con tinta roja,
todos los números rojos,
el semáforo rojo,
la tarjeta roja,
el tridente rojo y la cola roja,
la caperuza roja,
el lobo,
los cazadores,
el bosque,
el árbol,
la sombra,
al coco,
al tío camuñas,
al sacamantecas,
al hombre del saco,
al del telediario,
a mi padre viendo al del telediario,
a mi madre con la zapatilla en la mano,
a ti sin bragas,
tus bragas sin ti,
un portazo,
una bisagra oxidada,
un crujido en el parqué,
un crack,
un grifo goteando,
una bañera desbordada,
una persiana contra una ventana,
un apagón,
una sirena de madruga,
cualquiera sirena,
cualquier madrugada,
un teléfono a deshora,
un portero automático,
un aullido,
un murmullo,
una exclamación,
un signo de interrogación,
un ¡uy!
un ¡ay!
un ¡oh!
un llanto.

Tengo un golpe de estado metido en la cabeza,
un bigote,
un tricornio,
un subfusil que dispara
y cientos de miles de casquillos
esparcidos por las entrañas.

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