El melómano


Dijo que amaba la música cuando retiró el cobertor de un hermoso piano negro.

Luego, se sentó en un taburete y estuvo observándolo tranquilamente desde allí, antes de comenzar a relajar y estirar las manos con ligeros movimientos de dedos y muñecas. Repitió que amaba la música al acariciarlo, al levantar la tapa del teclado, al acercar el taburete y al colocar los pies sobre los pedales. Tocó unas cuantas notas armónicas después.

Una vez que el silencio volvió a la sala, estiró de nuevo los dedos y los colocó sobre el teclado del hermosos piano negro sin llegar a posarlos en él. Respiró hondo y cerró las manos.

Levantó los puños y, de súbito, aporreó las teclas haciendo salir de la caja de resonancia un sonido estridente. Repitió la misma operación tres veces y tres veces afirmó que amaba la música.

Descansó. Se puso de pié y retiró el taburete. Permaneció frente al hermoso piano negro durante unos instantes hasta que, agarrándola con las dos manos, arrancó la tapa del teclado de un tirón fuerte y seco. Con la tapa en la mano dio una vuelta alrededor del piano y comenzó a golpear con ella el bastidor haciendo saltar astillas por doquier. Con un susurro recordó que amaba la música y volvió frente al teclado para, con suaves movimientos de vaivén, hacer sonar arpegios tremendamente desafinados.

Se retiró y contempló de nuevo el hermoso piano negro, ahora deteriorado y dañado. Se retiró aún más, como tomando carrerilla.

Y corrió hacia el piano. Gritó que amaba la música en plena carrera y saltó al interior del bastidor reventando varias cuerdas. Volvió a saltar sobre el cordal y el clavijero hasta que no quedó ni una sola intacta. Saltó de nuevo fuera del bastidor y volteó el piano contra el suelo. Tronchó las patas, las hincó junto al mecanismo de percusión y se detuvo con los brazos en jarra.

Entre un reguero de astillas, cuerdas y teclas blancas y negras, y con la camisa blanca teñida de sangre roja, alzó los brazos, miró hacia el techo y con un bramido hizo retumbar en el auditorio lo mucho que amaba la música.

Tendido en el suelo, descuartizado y hecho añicos, quedó el hermoso piano negro.

Era negro zaino.

Anuncios

6 Respuestas a “El melómano

  1. ¡Es genial! Me ha tenido en tensión hasta el final. Puedo ver, puedo ver al nuevo Ken Follet…

  2. Gracias Marta, me alegro!

  3. Jessi… muchas gracias y Ket Follen a tí también.

  4. menos mal que amaba la música, si la llega a odiar dios sabe qué hubiera hecho con el piano! genial

  5. Es puro sentimiento. Es la narración de un happening (así se llamaban antes) que se pudo ver a comienzos de los 70 en el Instituto Alemán. El objeto era un Steinway sobre el escanario.
    Enhorabuena.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s